Diplomacia en tiempos turbulentos: una cumbre del G20 sin Estados Unidos
La cumbre del G20 celebrada en Sudáfrica en noviembre de 2025 fue la primera en la que los líderes mundiales acordaron una declaración sin Estados Unidos, tras el boicot de Donald Trump. A pesar de la presión ejercida por el presidente estadounidense, 17 países y dos organizaciones regionales firmaron la declaración de 122 puntos, con la única excepción de Argentina, mientras que China aprovechó la ocasión para posicionarse como un socio fiable. Aunque la cumbre demostró que el multilateralismo puede sobrevivir a la retirada de Estados Unidos, la ausencia de compromisos tangibles en la declaración plantea dudas sobre su capacidad para impulsar cambios reales.
Por primera vez desde que el G20 comenzó a celebrar sus cumbres mundiales anuales en 2008, el foro que reúne a muchas de las principales economías del mundo consiguió adoptar una declaración final sin la participación de Estados Unidos. El boicot de Donald Trump a la reunión de noviembre de 2025 en Johannesburgo, Sudáfrica, podría haber supuesto el descarrilamiento de la cooperación mundial, sin embargo ha demostrado que cierto tipo de multilateralismo puede sobrevivir a la retirada de Estados Unidos y ha permitido a China posicionarse como un socio más fiable.
La ausencia de Trump no pasó desapercibida. No solo su gobierno no envió representantes, sino que también lanzó una campaña de difamación contra Sudáfrica, centrada en falsas acusaciones de discriminación contra la minoría blanca afrikáner. Estas afirmaciones fueron amplificadas por Elon Musk, nacido en Sudáfrica, quien acusó al país de tener “leyes de propiedad racistas” y de permitir un supuesto “genocidio” contra los granjeros blancos. Poco después de la clausura de la cumbre, Trump anunció que Sudáfrica no sería invitada al G20 del año siguiente, que se celebrará en Estados Unidos, en su complejo de golf de Miami.
Sin embargo, la presión de Trump sobre otros Estados para impedir que respaldaran la Declaración de Líderes fracasó: diecisiete Estados y dos organizaciones regionales —la Unión Africana y la Unión Europea— firmaron la declaración de 122 puntos. El único presidente que se negó a firmar fue Javier Milei, líder de derecha, alegando su preocupación por la forma en que el documento abordaba el conflicto en Oriente Medio, pese que solo se mencionara en una ocasión, haciendo referencia a los “territorios palestinos ocupados”.
Se mantuvo el consenso general, y el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa lo calificó como una demostración de que “el multilateralismo puede funcionar y funciona”. El primer ministro canadiense, Mark Carney, declaró que el mundo puede seguir adelante sin Estados Unidos, haciendo hincapié en la participación de Estados que representan tres cuartas partes de la población mundial, dos tercios del PIB mundial y tres cuartas partes del comercio internacional. Pese a las tácticas de presión de Trump, la cumbre finalmente reunió apoyo en torno a las prioridades del Sur Global defendidas por Sudáfrica —financiación climática para transiciones energéticas justas, alivio de la deuda y resiliencia frente a los desastres— y recibió una amplia cobertura mediática internacional, con medios de comunicación de todo el mundo informando sobre la primera cumbre del G20 celebrada en suelo africano.
Principios en lugar de compromisos
La Declaración de Líderes fue exhaustiva. Abarcó los grandes temas de la presidencia de Sudáfrica —igualdad, solidaridad y sostenibilidad— y abordó cuestiones como la financiación climática, las cadenas de suministro de minerales críticos, el alivio de la deuda, los flujos financieros ilícitos, el crecimiento inclusivo, la desigualdad y las transiciones energéticas justas. Sudáfrica defendió el Marco de Compromiso Africano dentro de la vía financiera del G20 y lanzó la Iniciativa Legado Ubuntu para financiar infraestructuras transfronterizas en África.
No obstante, aunque resultó notable alcanzar un acuerdo en un contexto marcado por los conflictos en Gaza, Sudán, Ucrania y otros lugares, así como por las guerras comerciales y los ataques de Trump a la acción climática, la declaración adolece de la misma debilidad estructural que todos los acuerdos del G20: no existe ningún mecanismo para exigir responsabilidades a los líderes por los compromisos asumidos. Se trata de un documento ambicioso, más que de un conjunto de obligaciones. El G20 es una asociación voluntaria sin autoridad vinculante, cuya influencia depende de la voluntad política, particularmente escasa este año debido al aumento de las tensiones geopolíticas y a la retirada del miembro más poderoso del foro.
La sociedad civil se involucra
Más allá del acuerdo de alto nivel y de los titulares centrados en Trump, la cumbre abrió algunos espacios para la participación de la sociedad civil. El G20 cuenta con varios grupos de participación: el B20 para las empresas, el C20 para la sociedad civil, el T20 para los think tanks y el Y20 para la juventud, entre otros. Desde 2013, el C20 ha proporcionado el foro oficial a través del cual las organizaciones de la sociedad civil comparten sus conocimientos, defienden la sostenibilidad medioambiental, la igualdad de género, los derechos humanos y la justicia, y presionan para que las decisiones reflejen los intereses de las personas y no las prioridades empresariales.
El C20, que representa a más de 3.000 organizaciones de la sociedad civil, celebró su cumbre del 12 al 14 de noviembre, reuniendo a 500 participantes de toda África y otras regiones. Trabajó a través de 14 grupos de trabajo conformados según su enfoque en materia de discapacidad, feminismo, personas indígenas, LGBTQI+ y juventud, con el objetivo de desarrollar un paquete integral de políticas que abordara la participación ciudadana, la acción climática, la justicia económica, la seguridad alimentaria y la tecnología. La declaración política del C20 reclamó reformas profundas, entre ellas la gobernanza democrática del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, la cancelación total de la deuda, la creación de mecanismos de gestión de la deuda bajo liderazgo de las Naciones Unidas (ONU) y una transición con plazos definidos para abandonar los combustibles fósiles.
Estos planteamientos se reflejaron en la Cumbre Social del G20, celebrada del 18 al 20 de noviembre, que recogió las lecciones de la primera Cumbre Social organizada por Brasil en 2024 y debatió reformas inspiradas en el espíritu del ubuntu, una cosmovisión originaria del sur de África que pone el acento en la humanidad compartida, la interconexión y la comunidad. La declaración de la Cumbre Social, que sintetiza los resultados de más de 230 diálogos comunitarios celebrados en todo el país como parte del “G20 del pueblo” de Sudáfrica, fue entregada a Ramaphosa el 20 de noviembre. El T20, junto con otros 21 grupos de participación formales e informales, contribuyó a moderar la negociación de esta declaración, alineada con las recomendaciones sobre la acción climática, la transformación digital, las finanzas sostenibles y la rendición de cuentas en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Un evento paralelo del T20, celebrado el 19 de noviembre, destacó las contribuciones de la sociedad civil resumidos en los siguientes puntos: aporte de conocimientos para políticas basadas en datos empíricos, fomento de la confianza entre los Estados y la sociedad, ampliación de redes de intercambio de ideas y garantía de la continuidad entre las presidencias del C20. Por su parte, la cumbre del Y20 abordó la inteligencia artificial, las transiciones climáticas, la inclusión económica y la participación de la juventud en la gobernanza mundial. Las y los líderes juveniles propusieron la creación de un Consejo de Sherpas para supervisar la implementación de las decisiones y una Asociación de Antiguos Miembros del Y20 destinada a mantener vínculos a largo plazo.
Aun así, estos mecanismos de participación tienen un impacto limitado. Las propuestas sólidas elaboradas por la sociedad civil suelen quedar excluidas de los documentos oficiales del G20, que son redactados por organizaciones internacionales externas y a menudo carecen de contexto local. Incluso cuando la sociedad civil contribuye directamente a los primeros borradores, las propuestas políticas más ambiciosas se eliminan o se diluyen durante las negociaciones.
Los derechos de las mujeres en primer plano
Aunque el G20 cuenta con un grupo de participación específico, el W20, dedicado a la igualdad de género y al empoderamiento económico de las mujeres, el momento más relevante para los derechos de las mujeres durante la cumbre no se produjo en las salas de negociación, sino en las calles. Mientras las delegadas del W20 presentaban recomendaciones políticas a través de los canales oficiales, fue la acción directa la que captó la atención pública y obligó a los gobiernos a reaccionar.
El momento más significativo tuvo lugar en la víspera de la Cumbre de Líderes. En un acto de alcance nacional, cientos de mujeres se reunieron en 15 lugares de Sudáfrica para realizar una protesta silenciosa de 15 minutos tumbadas en el suelo, en representación de las 15 mujeres que pierden la vida cada día a causa de la violencia de género. Las activistas también convocaron un paro, llamando a mujeres y personas LGBTQI+ a abstenerse de trabajar y consumir como forma de visibilizar su impacto económico.
En un contexto en el que la tasa de femicidios es aproximadamente cinco veces superior a la media mundial, la campaña, que se prolongó durante un mes, logró reunir más de un millón de firmas. Y dio resultados: el Centro Nacional de Gestión de Desastres de Sudáfrica anunció que clasificaría el femicidio y la violencia de género como un desastre nacional, revirtiendo su posición anterior, según la cual la situación no cumplía los requisitos legales de la Ley de Gestión de Desastres. Queda ahora por ver si este reconocimiento se traducirá en recursos suficientes y medidas efectivas.
La oportunidad de China
El vacío de poder creado por la ausencia de Estados Unidos abrió una oportunidad para China. El primer ministro chino, Li Qiang, asistió a la cumbre y destacó la continuidad y el compromiso de China con el Sur global. Su reciente visita a Zambia – la primera de un primer ministro chino en 28 años – evidenció el interés económico y político sostenido de China en África. Allí firmó un acuerdo de 1.400 millones de dólares para rehabilitar una línea ferroviaria que conecta Tanzania y Zambia, facilitando la exportación de cobre para su uso en la fabricación de dispositivos electrónicos.
El contraste retórico no podría haber sido más marcado. Durante el 80º aniversario de la ONU, celebrado en septiembre, Li pidió una acción colectiva más firme frente al cambio climático y las tecnologías emergentes, instando a la solidaridad bajo el argumento de que “la división nos hunde a todos”. En ese mismo evento, Trump – quien también se ausentó de la cumbre climática COP30 en Brasil en noviembre – volvió a desestimar el cambio climático, calificándolo de engaño.
La administración Trump está cuestionando la legitimidad de las instituciones de gobernanza global precisamente cuando más se necesitan para abordar problemas transnacionales como el cambio climático y los conflictos armados. En la práctica, busca coaccionar mediante su retirada, con el objetivo de debilitar aquellas organizaciones que no puede controlar. Algunos países podrían seguir ese camino, como Argentina, que abandonó la Organización Mundial de la Salud tras la retirada estadounidense. La gobernanza mundial se volverá menos eficaz a medida que los Estados se nieguen a cooperar con estos foros o los abandonen, convirtiéndolos en coaliciones voluntarias de alcance limitado y con una capacidad de ejecución cada vez menor. Cuando los Estados democráticos dejan el espacio global libre para que lo ocupen potencias autoritarias como China, ceden influencia a actores que violan sistemáticamente los derechos humanos y muestran escaso interés por el respeto del derecho internacional en esta materia.
Qué significa esto
Sudáfrica llevó a cabo una presidencia eficaz del G20 contra todo pronóstico, organizando más de 130 reuniones y forjando un consenso a pesar del boicot de Estados Unidos, acompañados de una movilización notable de la sociedad civil para decir la verdad al poder y exigir responsabilidades. Esta presidencia marcó el cierre de un ciclo de cuatro años liderado por grandes economías del Sur global —Indonesia en 2022, India en 2023, Brasil en 2024 y Sudáfrica en 2025— que fue celebrado en su momento como un posible punto de inflexión para la gobernanza global. La incorporación de la Unión Africana como miembro de pleno derecho en 2023 representó también un avance significativo.
Sin embargo, persiste una brecha considerable entre la retórica y la realidad. La Declaración de Líderes incluía compromisos con la seguridad alimentaria y el derecho fundamental a no pasar hambre, en un momento en que los Estados con mayor capacidad de actuación están recortando sus presupuestos de ayuda. Por primera vez en casi 30 años, Alemania, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido recortaron su ayuda oficial al desarrollo en 2024. El desmantelamiento de USAID por parte de Trump ha tenido consecuencias especialmente graves: la brusca caída de la financiación podría provocar más de 14 millones de muertes adicionales de aquí a 2030, entre ellas más de cuatro millones de niños y niñas menores de cinco años. Al mismo tiempo, el llamado de la declaración a favor de políticas comerciales abiertas y no discriminatorias resulta poco convincente frente a la realidad de las guerras arancelarias impulsadas por Trump, que han causado inestabilidad económica y política a escala global y se están utilizando como herramienta central de un enfoque abiertamente transaccional de las relaciones internacionales.
Estados Unidos asume ahora la presidencia del G20 en el peor momento posible. La participación de la sociedad civil, de las mujeres y de la juventud se verá previsiblemente restringida. La próxima cumbre corre el riesgo de convertirse en un espectáculo personal de Trump, con los líderes autorizados a viajar a Estados Unidos haciendo fila para halagar a un imprevisible aspirante a monarca.
La cumbre del G20 de noviembre de 2025 puede acabar siendo recordada como el momento en que el multilateralismo sobrevivió sin el liderazgo de Estados Unidos, aunque por un margen estrecho. La cuestión no es si el G20 puede funcionar sin Estados Unidos, sino cuál es su utilidad práctica para los miles de millones de personas en todo el mundo que anhelan alguna señal tangible de progreso.
NUESTROS LLAMADOS A LA ACCIÓN
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Los Estados del G20 deben comprometerse a aplicar plenamente la Declaración de Líderes y a rendirse cuentas mutuamente.
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El G20 debería elaborar directrices para garantizar una participación amplia y de calidad de actores de la sociedad civil, en lugar de dejar este proceso a discreción del país anfitrión.
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Estados Unidos, como próximo presidente del G20, debería comprometerse a permitir la libre participación de los representantes estatales y de la sociedad civil.
Para entrevistas o más información, póngase en contacto con research@civicus.org
Foto de portada de Thomas Mukoya/Reuters a través de Gallo Images.


