El 24 de junio, dos fuertes terremotos sacudieron el norte de Venezuela. Según datos oficiales, dejaron 6.125 personas fallecidas, 16.740 heridas y cerca de 24.000 damnificadas alojadas en refugios temporales. Miles de personas se organizaron por su cuenta para buscar sobrevivientes, reunir insumos y brindar ayuda a quienes la necesitaran.

CIVICUS conversa sobre la respuesta ciudadana al terremoto con Reynaldo Olivar e Izumi Viloria, dos jóvenes que ayudaron a las personas afectadas, entre otras cosas, organizando campañas de recaudación de fondos en redes sociales y repartiendo ayuda.

¿Cómo fue el terremoto?

Caracas empezó a temblar poco después de las seis de la tarde. Al principio se sintió como uno de los temblores leves o moderados a los que estamos acostumbrados. Pero fue ganando fuerza y, cuando pensábamos que ya cedía, llegó el segundo. Fueron dos terremotos, de magnitudes 7,2 y 7,5, separados por tan solo 29 segundos. En total, fueron 40 segundos que se hicieron eternos.

Los retratos, los vasos y las decoraciones de las paredes se vinieron abajo. Apenas podíamos mantenernos en pie. Llegó un momento en que temimos que el edificio se nos viniera encima antes de que pudiéramos salir. Lo logramos, pero al llegar a la calle no podíamos creer lo que veíamos: el edificio seguía moviéndose, las paredes tenían grietas y el friso había caído al piso. En la avenida, todos los autos se habían detenido; de un centro comercial cercano salía gente corriendo. Estábamos asustados y no entendíamos lo que había sucedido.

Nuestros celulares habían perdido señal, pero conseguimos conectarnos al wifi del apartamento. Primero verificamos que nuestros familiares y seres queridos estuvieran bien. Luego, entramos a las redes sociales. Recién ahí empezamos a entender la dimensión del desastre: edificios completamente derrumbados, el aeropuerto destruido y La Guaira, el estado costero más cercano a Caracas, en ruinas. Pero nada de eso se comparó con verlo con nuestros propios ojos.

¿Qué hicieron para ayudar?

Queríamos ayudar, pero como nunca habíamos vivido algo así, tuvimos que aprender sobre la marcha. El primer día ayudamos a levantar escombros, pero volvimos con la frustración de no estar haciendo lo suficiente. Muchos amigos y familiares fuera de Venezuela también preguntaban cómo colaborar. Entonces se nos ocurrió armar una recolección de donaciones en redes sociales. La propuesta era sencilla: recaudar dinero, comprar los insumos necesarios —alimentos, herramientas, medicamentos o ropa— y subir la factura y un video o foto de la entrega. Transparencia total sobre el uso de cada bolívar.

Con nuestra primera colecta compramos picos, palas y una planta eléctrica. La gente empezó a confiar y nos mandaba casos de personas damnificadas para contactar y verificar cómo estaban. El volumen se volvió inmanejable para dos personas. Llegamos a ser 14.

¿Qué aprendieron sobre cómo ayudar?

Que la ayuda tiene que ser específica. Al principio mucha gente donaba bolsas enteras con ropa que no usaba, pero al llegar a los centros de damnificados vimos montañas de prendas apiladas y otras tiradas en el piso, mojadas. Nadie tenía tiempo de clasificar la ropa ni era la prioridad de ese momento. Con la comida pasó igual: se cocinó tanto para los equipos de rescate y las familias damnificadas que terminó desperdiciándose.

También aprendimos que demasiada gente ayudando a la vez puede convertirse en un estorbo. Apenas pasó el terremoto, tantos carros bajaban de Caracas a La Guaira que el tráfico no dejaba pasar a las ambulancias. Sabemos que hubo muertes por eso. Desde ese día pedimos que no bajara nadie que no tuviera algo puntual que hacer.

Lo que sí funcionaba era acercarse y preguntar. Llegábamos a un lugar, conocíamos a alguien, nos contaba qué necesitaba y nos llevaba a 10 familias más, y esas a 20 más. Así ampliamos el alcance, comunicando en redes qué hacía falta y dónde.

También entendimos que la ayuda no debe generar dependencia. Si a una persona le llega el desayuno, el almuerzo y la cena todos los días, en algún momento va a dejar de buscarse la vida. Por ejemplo, si alguien necesita insulina o anticonvulsivos, le damos lo suficiente para tres meses. Así cubrimos la urgencia hasta que pueda organizarse por su cuenta.

¿Qué necesidades ven ahora?

Ya pasó la fase de emergencia, esa etapa de adrenalina en la que había que resolver todo rápido. Ahora empiezan las necesidades de mediano y largo plazo. Miles de personas siguen durmiendo en plazas y lugares públicos porque su casa se derrumbó. Falta definir qué techo van a tener y cómo van a comer. Por eso redireccionamos nuestra ayuda hacia los refugios que se están construyendo.

También se comenzará a sentir el impacto psicológico del desastre. Muchas personas están atravesando lo que se llama “luto suspendido”: perdieron a alguien pero, como tienen que seguir ayudando a otros, no llegan a hacer el duelo. Algunos saben que su familiar quedó bajo los escombros, pero no si está vivo o muerto, así que todavía no lo lloran. Además, hubo edificios que se demolieron con cuerpos adentro. Ahí aparece la culpa: haberlo permitido, no haberse podido despedir.

Los más pequeños también sufren: muchos lloran porque no entienden qué les sucedió a sus casas o dónde están sus seres queridos. Una niña de 12 años se nos acercó pidiendo un psicólogo. Nos dijo que tenía un nudo en la garganta tan fuerte que ni siquiera podía comer.

Y luego están los equipos de rescate, que sacaron gente viva y muerta de los escombros, y quienes miran desde el exterior sintiendo impotencia por no poder ayudar. Ellos también se ven afectados y necesitarán asistencia psicológica.

¿Qué pueden hacer las personas y organizaciones de otros países?

La respuesta internacional fue muy buena y estamos agradecidos. Llegaron equipos de rescate de muchos países, entre ellos Argentina, Brasil, Colombia, El Salvador, Estados Unidos y México. Trabajamos codo a codo con varios de ellos. El primer día vimos a Los Topos, la brigada mexicana de rescate. Más adelante, les entregamos linternas a los bomberos colombianos.

Lo que pedimos ahora es constancia. A muchos nos toca volver a nuestras rutinas, a nuestros trabajos, a los compromisos que ya teníamos. Nuestra vida sigue, pero la de mucha gente que perdió su casa y a su familia, no. Esta crisis no se resuelve en una semana ni en dos meses. Se destruyó buena parte de una ciudad y las consecuencias van a durar años. Ya no es cuestión de rapidez, sino de mantenerse presente, evaluando cuáles son las necesidades reales en cada momento.

Para eso, les pedimos a la comunidad internacional y a los periodistas que le sigan dando visibilidad. A veces hay tanta información circulando que cuesta entender lo que está pasando si uno no tiene contexto. Estos espacios cumplen justamente esa función.

CIVICUS entrevista a un amplio espectro de activistas, personas expertas y líderes de la sociedad civil para recabar diversas perspectivas sobre la acción de la sociedad civil y otros temas de actualidad, con el fin de publicarlas en su plataforma CIVICUS Lens. Las opiniones expresadas en las entrevistas son de las personas entrevistadas y no necesariamente reflejan las posiciones de CIVICUS. Su publicación no es una expresión de apoyo a los entrevistados ni a las organizaciones que representan.