VENEZUELA: “El mérito es de los familiares de los detenidos, las organizaciones de derechos humanos y la comunidad internacional”
CIVICUS conversa sobre la situación de los presos políticos en Venezuela con Manuel Virgüez, director del Movimiento Vinotinto, organización venezolana de derechos humanos que trabaja por la justicia, la democracia y el empoderamiento ciudadano.
El 3 de enero, fuerzas especiales estadounidenses secuestraron al presidente venezolano Nicolás Maduro y lo trasladaron a Nueva York para juzgarlo por narcoterrorismo. En vez de apoyar al opositor Edmundo González Urrutia, legítimo ganador de las elecciones presidenciales de 2024, la administración Trump respaldó a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, como presidenta interina. Rodríguez firmó una ley de amnistía en febrero, pero centenares de presos políticos permanecen detenidos.
¿Cuál es la situación de los presos políticos?
Tras las elecciones presidenciales de 2024, el Estado detuvo a casi 2.000 personas en el marco de la llamada Operación Tun Tun. Al comenzar 2026 seguían detenidas alrededor de 1.000, aunque distintas organizaciones cifran el total entre 950 y 1.200, según los criterios de clasificación utilizados. Desde que el 8 de enero el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, anunciara inminentes liberaciones, y luego de la aprobación de una ley de amnistía, ese número bajó a unos 450.
Entre quienes recuperaron la libertad estuvieron la defensora de derechos humanos Rocío San Miguel, el activista Javier Tarazona y el periodista Eduardo Torres. La gran mayoría de los liberados eran militantes de partidos políticos o integrantes de la sociedad civil. El 16 de abril también se informó, de manera extraoficial, la excarcelación de alrededor de 50 extrabajadores de Petróleos de Venezuela detenidos en 2025. Si esto se confirma, el número actual de presos políticos rondaría los 380.
El grupo que permanece detenido se compone mayormente de militares disidentes y antiguos funcionarios públicos. Las autoridades se muestran reacias a liberarlos porque representan una amenaza directa a la estabilidad del poder. Son además quienes han sufrido los peores tratos: distintas organizaciones, incluido el Movimiento Vinotinto, han documentado desaparición forzosa, tortura y tratos inhumanos, además de persecución a sus familiares. En algunos casos permanecieron desaparecidos durante semanas o meses, sin que se conociera su paradero ni si seguían con vida. Se trata de algunas de las violaciones más graves registradas en Venezuela en las últimas décadas.
¿En qué se diferenciaron estas detenciones de las anteriores?
Hubo dos elementos que las distinguieron de oleadas represivas anteriores. El primero fue el uso abusivo de la figura de la “erradicación”, prevista en el Código Orgánico Procesal Penal, para trasladar todos los casos a tribunales en Caracas. Personas detenidas en estados como Bolívar, a cientos de kilómetros de la capital, debían comparecer allí. Fue una violación sin precedentes de los principios procesales de la propia legislación venezolana. Ni siquiera en los años 60, frente a los movimientos guerrilleros, hubo esa concentración de expedientes en un solo tribunal.
El segundo fue la criminalización de actos cotidianos. El Estado utilizó denuncias anónimas a través de aplicaciones móviles para identificar y detener personas, y un simple estado de WhatsApp podía ser tratado como un acto de “terrorismo”. La presunción de inocencia dejó de existir en la práctica y se invirtió la carga de la prueba: era el detenido quien debía demostrar que no era culpable.
¿En qué consiste la ley de amnistía y qué deja afuera?
La ley contempla el cierre de expedientes vinculados a hechos políticos de distintas etapas de la historia del país. No es un hecho menor: después de años de detenciones masivas y restricciones a la libertad, el Estado reconoce implícitamente que esas personas no debían estar presas. El mérito lo tienen, sobre todo, los familiares de los detenidos, las organizaciones de derechos humanos y la comunidad internacional.
Pero la ley se queda corta. No contempla ningún mecanismo de resarcimiento para quienes fueron detenidos injustamente. Tampoco prevé la restitución de bienes: a muchos presos políticos les confiscaron viviendas, vehículos y negocios, que no recuperan al salir. Además, no ofrece garantías claras para los exiliados. El 16 de abril, el exdiputado Alexis Paparone regresó al país y fue detenido por varias horas antes de ser presentado ante un tribunal, lo que demuestra que volver sigue siendo un riesgo.
La ley prácticamente excluye a los militares disidentes y no contempla los miles de despidos que se han producido por razones políticas, en violación del Convenio 111 de la Organización Internacional del Trabajo, ni las inhabilitaciones políticas. Mientras dirigentes como María Corina Machado no puedan ejercer sus derechos políticos, no se puede hablar de una verdadera transición.
¿Qué condiciones requiere una transición democrática genuina?
No puede haber reconciliación sin justicia. Lo que vivió Venezuela es uno de los periodos más oscuros de la historia reciente de Sudamérica. Sentar a víctimas con victimarios sin un proceso previo de rendición de cuentas no es reconciliación, es impunidad. Donde no hay justicia hay venganza, y eso genera ciclos interminables de violencia. Las sociedades que no procesaron sus crímenes cargaron con esa herida durante generaciones.
Para que haya justicia hace falta una reforma institucional profunda: en el poder judicial, en la fiscalía, en el poder electoral y en las fuerzas armadas. Los cambios cosméticos no alcanzan. Es un proceso de largo plazo, pero hay que dar los primeros pasos: convocar elecciones generales y avanzar hacia una recuperación económica real.
Lo que sí es posible, y necesario, es un pacto de convivencia: un acuerdo para respetar la Constitución y vivir sin persecución mutua. Pero ese pacto exige que el chavismo reconozca sus errores y crímenes. Sin eso, cualquier transición quedará a medias.
Aun así, soy optimista. La sociedad civil venezolana, con todo lo que ha perdido, sigue en pie. Hay indicios de que algo está cambiando, y debemos aprovechar esta oportunidad. Confío en que seremos capaces de sentar las bases de una democracia que le diga “nunca más” al autoritarismo.
CIVICUS entrevista a un amplio espectro de activistas, personas expertas y líderes de la sociedad civil para recabar diversas perspectivas sobre la acción de la sociedad civil y otros temas de actualidad, con el fin de publicarlas en su plataforma CIVICUS Lens. Las opiniones expresadas en las entrevistas son de las personas entrevistadas y no necesariamente reflejan las posiciones de CIVICUS. Su publicación no es una expresión de apoyo a los entrevistados ni a las organizaciones que representan.