GUATEMALA: “La criminalización busca generar miedo para que nadie se atreva a cuestionar nada”
CIVICUS conversa sobre la criminalización de defensores de derechos humanos y periodistas en Guatemala con Mario Polanco, director del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM). Fundada en 1984 por familiares de víctimas de desaparición forzada durante el conflicto armado interno, GAM es una de las organizaciones de derechos humanos más antiguas de Guatemala.
Durante ocho años, la fiscal general Consuelo Porras utilizó el Ministerio Público como instrumento de persecución contra activistas, líderes sociales, operadores de justicia y periodistas que investigaban o denunciaban la corrupción. El caso más emblemático es el del periodista José Rubén Zamora, fundador del diario El Periódico, arrestado en julio de 2022, sentenciado en junio de 2023 a seis años de prisión y recluido hasta febrero de 2026. Porras terminó su mandato en mayo, generando expectativas cautelosas de cambio.
¿Qué revela el caso de José Rubén Zamora sobre el sistema judicial guatemalteco?
José Rubén es un periodista muy conocido y respetado. Pertenece a una familia de periodistas de tradición democrática, algunos de los cuales fueron víctimas de la represión durante el periodo de terrorismo de Estado. Su abuelo fue vicepresidente de Guatemala.
En 1990, José Rubén fundó el diario Siglo 21. Sectores oligárquicos y militares y grupos ligados a la corrupción lo atacaron hasta arrebatárselo; terminó en manos de Roxana Baldetti, vicepresidenta de Guatemala entre 2012 y 2015, hoy presa por corrupción. En 1996 José Rubén fundó El Periódico, que ganó gran credibilidad y se convirtió en el principal portavoz de las investigaciones independientes sobre corrupción.
Lo que finalmente desencadenó su detención fueron las investigaciones sobre actos de corrupción del entonces presidente Alejandro Giammattei, en el poder entre 2020 y 2024. Lo detuvieron, procesaron y encerraron en una construcción precaria de chapa, al fondo de un cuartel militar. En su celda hacía un calor insoportable y, a modo de tortura, de noche le dejaban chinches, garrapatas, pulgas y otros ácaros que le destrozaron la piel. Estuvo recluido allí unos 1.000 días hasta que lo trasladaron a arresto domiciliario. Después volvieron a encerrarlo y, hace poco, lo liberaron de nuevo.
Las causas en su contra fueron impulsadas por la Fundación Contra el Terrorismo, una organización no gubernamental de extrema derecha fundada en 2013. La Unión Europea y otros países la han sancionado precisamente por sus campañas de persecución judicial y hostigamiento contra jueces, periodistas y personas defensoras de derechos humanos.
El caso ilustra cómo funciona el sistema: organizaciones como esta, vinculadas a lo que en Guatemala llamamos el “pacto de corruptos”, presentan denuncias ante el Ministerio Público, que bajo el liderazgo de Porras las tramitaba de inmediato. Luego entran en juego jueces corruptos, coordinados con esos fiscales, que emiten órdenes de captura. Sabemos los nombres de esos jueces. También hay jueces honestos en el organismo judicial, pero pocos: a la mayoría la obligaron a salir del país bajo amenaza. Todavía hay jueces guatemaltecos en el exilio.
¿Quiénes conforman el “pacto de corruptos” y cuál es su lógica?
El pacto de corruptos es una coalición de intereses que incluye a empresarios, militares, narcos y políticos corruptos. En distintos momentos se lo identificó con un gobierno específico —Otto Pérez Molina, presidente entre 2012 y 2015, quien renunció y fue detenido por corrupción, y los dos siguientes, Jimmy Morales y Alejandro Giammattei—, pero en el fondo es una red que trasciende a cualquier gobierno individual.
La Fundación Contra el Terrorismo es uno de los tentáculos de esa red. Su fundador y presidente, Ricardo Méndez Ruiz, antes vivía modestamente y ahora es millonario. La Fundación recibe financiamiento ilegal de numerosas empresas y, además, extorsiona: les dice a empresarios y exmilitares que sabe que se prepara algo en su contra y les exige dinero bajo amenaza de arresto.
Durante los gobiernos de Pérez Molina, Morales y Giammattei, el pacto de corruptos buscó controlar todas las instituciones de contralor: la Procuraduría de Derechos Humanos, la Contraloría General de Cuentas, el Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema de Justicia, las Salas de Apelación, la Corte de Constitucionalidad y el Ministerio Público. La única que no cayó en sus manos fue el Tribunal Supremo Electoral, gracias a la integridad de quien fue su presidenta, Blanca Alfaro, que resistió pese a los juicios que le abrieron y los intentos de capturarla. Eso fue lo que permitió que se celebraran las elecciones de 2023 y que el actual presidente, Bernardo Arévalo, ajeno al pacto de corruptos, pudiera asumir.
¿Quiénes más han sido perseguidos además de los periodistas?
La persecución se extiende a dirigentes campesinos, abogados, operadores de justicia, líderes sociales y activistas de derechos humanos. La lógica es generar miedo para que nadie se atreva a cuestionar nada.
Para que tengas una idea: Edmond Mulet, diplomático guatemalteco y exfuncionario de Naciones Unidas que fue candidato presidencial en 2023, solo pidió garantías de elecciones limpias y lo sometieron a juicio por esa declaración. En su momento yo opté por bajar mi perfil: dejé de ir a programas de entrevistas y de opinar públicamente. Pensaba: si a Mulet le abrieron un juicio por eso, ¿qué garantías tengo yo de que no me abran diez?
De hecho, tengo diez denuncias en mi contra. Una es por conspiración, porque dicen que GAM es una entidad de crimen organizado. Otra es por denegación de justicia, algo absurdo porque no soy juez; lo que en realidad insinúan es que yo fabriqué los miles de documentos que tenemos como prueba de violaciones de derechos humanos. Los demás cargos son violación a la Constitución, incumplimiento de deberes y varias cosas más, todo en represalia por el trabajo de nuestra organización.
Gustavo Meoño, exdirector del Archivo Histórico de la Policía Nacional —que contiene pruebas documentales de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el conflicto armado interno—, vive en Rosario, Argentina. Algunos de los crímenes de los cuales lo acusan se cometieron cuando él tenía unos cinco años. Nunca quiso tramitar su refugio porque pensaba que podría regresar a Guatemala, pero cuando asumió el presidente Javier Milei en Argentina aceleró el proceso, por temor a que lo extraditaran. Ya lo consiguió: está bien, pero tiene 77 años y 76 órdenes de captura en su contra.
¿Ha surtido efecto la presión internacional?
Ha servido más en el plano político que en el jurídico. Más de 40 países, liderados por Estados Unidos, el Reino Unido y los 27 Estados de la Unión Europea, sancionaron a Porras: le congelaron los activos y le prohibieron la entrada a sus territorios. Eso la dejó totalmente desprestigiada a nivel internacional. Rafael Curruchiche, uno de los fiscales más agresivos de su equipo, también figura en listas de sanciones de varios países.
Ante tanta presión, pensábamos que acabarían dejando sus cargos y yéndose del país, aunque solo pudieran irse a Nicaragua o Panamá. Pero Porras no se fue: aguantó hasta el último minuto de su mandato de ocho años y ahora está gestionando su jubilación.
¿Por qué la criminalización ha continuado bajo el gobierno de Arévalo?
El gobierno actual es muy temeroso. El presidente Arévalo no quiere tomar decisiones porque teme que, al terminar su mandato, busquen una excusa para emitir una orden de captura en su contra. Podría haber cambiado el Ministerio Público, pero no se atrevió: esperó a que Porras terminara su periodo, dos años y medio después de su llegada a la presidencia. Además, le resultaba cómodo tenerla allí para echarle la culpa de todo. Arévalo no forma parte del pacto de corruptos, pero tampoco se ha atrevido a enfrentarlo.
El gobierno está muy desprestigiado. La popularidad de Arévalo ya está por debajo del 30% y sigue cayendo. Además, entra en la recta final de su mandato: el último año es electoral y todo gira en torno a quién será el próximo presidente. En la práctica, los presidentes gobiernan solo tres años. Por eso a Arévalo, en términos reales, le quedan apenas seis meses de peso.
¿Qué puede cambiar con el nuevo fiscal general?
Lo primero que hizo el nuevo fiscal general, Gabriel García Luna, fue destituir a varios fiscales corruptos. Pero lleva menos de dos meses en el cargo: es pronto para evaluarlo.
Lo que sí esperamos es que se vayan cerrando las causas fabricadas contra tanta gente. Como es difícil que los querellantes desistan de sus acusaciones, el nuevo fiscal tendrá que archivar él mismo los casos.
Lo que no será tan fácil es el retorno de los exiliados. Cuando Arévalo viajó a Estados Unidos, donde vive la mayor parte de los exiliados guatemaltecos, no quiso reunirse con ellos; y cuando lo hizo, impidió que les tomaran fotos, porque no quiere ser visto con ellos. Esa cautela no ayuda a que haya cambios.
El gran riesgo es que, tras esta oportunidad perdida, volvamos a gobiernos como los que tuvimos antes. El partido de Arévalo, Semilla, ya se dividió. La mayoría de los diputados elegidos con él se separaron y formaron un nuevo partido, Raíces. Y fueron los primeros en promover un aumento sideral del salario de los diputados. El poder les gustó muy rápido.
El pacto de corruptos controla la Contraloría General de Cuentas, la Procuraduría de Derechos Humanos, la Corte Suprema de Justicia, las Salas de Apelación, la Corte de Constitucionalidad y el Congreso. Si llega un presidente afín a sus intereses, solo le quedaría neutralizar al Tribunal Supremo Electoral y al Ministerio Público. Es poco probable que saquen a García Luna, porque lo protege la misma ley que protegió a Porras, y el Tribunal Supremo Electoral debe cumplir su mandato hasta 2031. Esos son los dos pilares que todavía resisten. Pero el riesgo es real.
¿Cómo ha logrado la sociedad civil seguir funcionando, y qué apoyos necesita?
Con mucha dificultad. Primero, no hay recursos. La cooperación internacional ya no mira a América Latina. Por otro lado, está la amenaza permanente y el silenciamiento que produce. El miedo funciona.
Para recuperar terreno, la sociedad civil necesita recursos, necesita que se archiven los casos y que los exiliados puedan regresar. Y necesita un gobierno que no la trate como una carga política sino como un interlocutor legítimo. Eso, de momento, no existe.
CIVICUS entrevista a un amplio espectro de activistas, personas expertas y líderes de la sociedad civil para recabar diversas perspectivas sobre la acción de la sociedad civil y otros temas de actualidad, con el fin de publicarlas en su plataforma CIVICUS Lens. Las opiniones expresadas en las entrevistas son de las personas entrevistadas y no necesariamente reflejan las posiciones de CIVICUS. Su publicación no es una expresión de apoyo a los entrevistados ni a las organizaciones que representan.