CIVICUS conversa acerca del acelerado cierre del espacio cívico en Ecuador con Gabriela Panchana, activista, comunicadora y fundadora de las plataformas digitales En Voz Alta y Rumbo Plural.

Gabriela enfrenta un proceso judicial por su activismo digital. Su experiencia forma parte de una tendencia creciente de criminalización y hostigamiento de activistas y periodistas, en un contexto de impunidad generalizada. En junio, la activista anticorrupción Monika Silva Koniuszek, que había investigado los negocios de la familia del presidente, fue asesinada.

¿Cómo se originó el proceso judicial en tu contra y en qué punto se encuentra?

El proceso actual comenzó con un hilo que publiqué en Twitter/X el 9 de junio, en el que pedí a la Embajada de Estados Unidos en Quito que ayudara a esclarecer el asesinato de Monika Silva Koniuszek, defensora polaca radicada en Ecuador que había entregado a esa embajada y a la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos documentación sobre presuntas redes de narcotráfico. Un particular me acusó de hablar “solo por intereses económicos”; le respondí, y por eso me denunciaron por una contravención de cuarta clase, que es la categoría más leve de infracción penal. 

El proceso estuvo plagado de anomalías: fue excepcionalmente rápido, intervinieron diferentes jueces y se excluyó a observadores. El 27 de julio fui sentenciada a 30 días de privación de la libertad y a ofrecer disculpas públicas. Solicité medidas cautelares a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). El 14 de agosto recibí la notificación de la sentencia escrita. Presentamos recursos de impugnación antes del vencimiento del plazo de tres días hábiles. Entretanto, no ha habido un solo detenido por el asesinato de Monika Silva. 

El hostigamiento no empezó con este juicio: desde diciembre se han abierto cuatro acciones penales sucesivas en mi contra. Esto ha ido acompañado de una campaña coordinada de acoso digital y estigmatización. 

A esto se suma la vigilancia digital. El 13 de agosto, recibí una alerta oficial de Apple confirmando que mi teléfono fue blanco de un ataque con spyware mercenario. La evidencia está bajo análisis forense de organismos internacionales. Puesto que el hecho forma parte de un patrón de persecución y judicialización en mi contra, he exigido al Estado que investigue quién autorizó el espionaje y esclarezca las contrataciones públicas de herramientas de inteligencia. 

Es importante no perder de vista que Monika Silva entregó a autoridades extranjeras documentación sobre redes que operan en Ecuador, y hoy está muerta. Yo estoy condenada por pedir que se investigue su muerte. Todo análisis que se quede solo en la libertad de expresión se queda corto: también hay que preguntarse qué relación existe entre estructuras criminales y sectores del sistema judicial. 

¿De qué otras formas se criminaliza la expresión?

Mi caso no es una anomalía. Es la aplicación previsible de una norma diseñada para eso. El artículo 396.1 del código penal castiga con cárcel expresiones “en descrédito o deshonra”, conceptos sujetos a discrecionalidad judicial. El problema fundamental es que convierte a la expresión en materia penal. 

Otros casos confirman el patrón. En mayo, cuatro acciones de hábeas data –una vía legal para exigir la rectificación o eliminación de información– derivaron en sentencias que ordenaron a distintos medios eliminar contenidos de interés público y emitir disculpas públicas, la misma sanción que se me impuso a mí. En junio, un periodista de investigación anunció que dejaría de cubrir uno de los mayores casos de corrupción del país después de que despidieran a su esposa de un cargo público y su hijo perdiera su residencia médica en un hospital estatal. 

El panorama más amplio es todavía más preocupante. La Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH documentó al menos seis asesinatos de periodistas y comunicadores en 2025, así como el uso de medidas legales, tributarias y administrativas como represalia. 

La criminalización no se limita a la prensa. Personas defensoras y liderazgos sociales también enfrentan investigaciones y procesos penales por su trabajo. 

¿Qué consecuencias tiene la criminalización?

El castigo no es solo la sentencia: es el proceso. Aun si gano en apelación, ya perdí meses, recursos y tranquilidad, y quedé expuesta a una campaña de linchamiento digital. No hace falta condenar a muchos: basta condenar a uno rápido y a la vista de todos. A eso se suma la naturaleza de la pena. Las disculpas públicas obligadas no reparan a nadie: obligan a una persona a decir en voz alta lo contrario de lo que piensa. Su función es ejemplarizante: busca disciplinar a terceros. 

El efecto de la persecución judicial es desigual. Yo he podido sostener una defensa técnica y llegar a organismos internacionales, pero la mayoría de quienes denuncian no tiene estos recursos, y una contravención de cuarta clase es el fin de su participación pública. También las categorías de personas cubiertas por los mecanismos internacionales dejan desprotegidas a muchas personas. Quienes hacemos veeduría ciudadana desde nuestras propias plataformas no somos prensa ni organizaciones de la sociedad civil, pero enfrentamos muchos de los mismos riesgos y tenemos menos respaldo. 

Lo más preocupante es que la discusión pública se ha desplazado de “¿quién mató a Monika Silva?” a “¿qué escribió Gabriela Panchana?”. El sistema judicial actuó en cuestión de semanas contra una opinión, mientras que la investigación de un homicidio lleva meses sin avanzar. Esa asimetría muestra cuáles son las prioridades del sistema.  

¿Cómo ha respondido la sociedad civil, y cuáles son sus demandas?

La respuesta ha sido más rápida y articulada de lo que esperaba. Fundamedios, una organización que monitorea los ataques contra la libertad de expresión, ha emitido tres alertas sucesivas sobre mi caso, y otras organizaciones han acompañado con pronunciamientos, monitoreo y asesoría. Hay una red que documenta, litiga y difunde estas agresiones, y que entiende cómo la amenaza física, el acoso digital coordinado, los procesos judiciales, las restricciones administrativas y la estigmatización se combinan para silenciar a quienes denunciamos. 

Las autoridades deben derogar el numeral 1 del artículo 396 del código penal y garantizar una justicia independiente, con procesos transparentes y audiencias accesibles a observadores nacionales e internacionales. También deben crear un mecanismo nacional de protección para personas defensoras y comunicadoras, e investigar con diligencia el asesinato de Monika Silva y las amenazas contra quienes denuncian corrupción y crimen organizado. 

La estigmatización oficial debe cesar. Cuando desde el poder se presenta a periodistas y personas defensoras como enemigos, se abre la puerta a todas las demás formas de violencia.

¿Qué apoyo internacional se necesita?

Lo primero y más concreto es la observación de los casos en curso. La presencia de observadores internacionales en las audiencias, las solicitudes de información al Estado y el seguimiento público de los expedientes pueden cambiar el comportamiento de los tribunales. 

También necesitamos que se activen y mantengan los mecanismos internacionales que ya existen, como la CIDH y los expertos en derechos humanos de Naciones Unidas. Pero esto requiere seguimiento constante. 

El apoyo tiene que ser también material. Las personas defensoras necesitamos recursos para la defensa legal, apoyo psicosocial y seguridad digital. Los procesos penales se enfrentan con abogados, peritajes y tiempo, y todo eso cuesta. 

También es importante dar visibilidad a estos casos. Cuando un caso recibe atención pública, quienes impulsan las represalias pagan un costo político. Un caso que nadie conoce no tiene costo. 

Finalmente, los países y organizaciones que trabajan con Ecuador en temas de seguridad y justicia pueden ejercer presión para que se respete la independencia judicial y no se criminalice la expresión. La solidaridad internacional tiene que traducirse en incidencia, observación, recursos y seguimiento.

CIVICUS entrevista a un amplio espectro de activistas, personas expertas y líderes de la sociedad civil para recabar diversas perspectivas sobre la acción de la sociedad civil y otros temas de actualidad, con el fin de publicarlas en su plataforma CIVICUS Lens. Las opiniones expresadas en las entrevistas son de las personas entrevistadas y no necesariamente reflejan las posiciones de CIVICUS. Su publicación no es una expresión de apoyo a los entrevistados ni a las organizaciones que representan. 

Ecuador ha sido incluido en la lista de vigilancia del CIVICUS Monitor, que identifica a los países donde se está produciendo un grave deterioro de la calidad del espacio cívico.